Santa Teresa de Lisieux y el Papa Francisco resultan hoy vigentes para la vida consagrada que tiene importancia en la Iglesia porque dentro de la sociedad cumple la tarea de ser el rostro amoroso de Dios; por eso, está invitada siempre a salir de sí misma buscando ir a los más necesitados de la misericordia. Esta no es una tarea fácil, para ello, los consagrados deben recordar en primer lugar, que Jesús los llamó por iniciativa amorosa, en este sentido ellos deben ser portadores de la misericordia de Dios. En segundo lugar, se deben esforzar por vivir constantemente la intimidad con Dios, haciendo de la oración su alimento. En tercer lugar, los consagrados hoy se deben dar del todo al Señor con radicalidad, para lograr vivir su vocación con alegría y para lograr así transmitir esta alegría a los demás. En cuarto lugar, la vida consagrada debe salir siempre al encuentro de los otros, especialmente de aquellos que son olvidados por la sociedad, mostrando con sus pequeños actos el amor del Señor.